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< La humillación, la debilidad, las necesidades
se combaten, dice ella. < Se disimulan, comprende él. < ¡Hay que afrontar
las cosas>, proclama ella. , es lo que repiquetea en el entendimiento del niño. Más allá de
las palabras, también discrepan estos dos universos. Carente de discernimiento,
Hannah contribuye a bloquear a Richard Nixon. Lo convierte en un introvertido.
Pero conveniente puntualizar el
matiz. Un introvertido ávido. Que empleará su voluntad para enriquecerse, lo
cual para él significa afirmarse. Por su trabajo escolar, consigue una beca en
la Facultad de Derecho de la Universidad Duke. Pero su nuevo diploma de joven
abogado no es un < Ábrete, Sésamo>. Las puertas de los grandes despachos
de asuntos neoyorquinos permanecen cerradas ante este aventurero que procede
del Oeste. En América, como en todas partes, existe la selección social. Y los elegidos
del dios dólar defienden con firmeza sus privilegios. ¡Pobre del que intente
penetrar sin ayuda en sus cuarteles! Amargado, y no cabe reprochárselo, Richard
Nixon regresa, pues, a California. Allí, por lo menos, siempre hay sol. Fue lo
mismo que se dijo su padre al abandonar Ohio. Se apoderan de Richard
pensamientos sombríos. ¿Será necesario afrontar la sociedad mediante el empleo
de la fuerza, al modo y estilo de los revolucionarios románticos? O bien
contornear sus defensas, lo cual es tolerado. Entrando en contacto con los que
emplean desvíos y no son cotizados, con elementos que preconizan la astucia, y
no el asalto. Nixon se zambulle de lleno en estos tejemanejes hasta el año
1946.
Los que lo frecuentan por
entonces, lo describen como marrullero, mentiroso, descarado, desconcertante,
impenetrable. Les debe su apodo, , Ricardo el Cuco, un
verdadero estandarte. A este lobezno, solamente le quedaba por encontrar un
buen coto de caza. Su andadura cruza de su banquero que recluía jóvenes
candidatos a la Cámara de Representantes para los republicanos. Ante Nixon,
cuyo espíritu parece ya cerrado con candado, se abre de este modo la vida
extrovertida de los políticos. Una auto meditación embriagadora. Sin embargo,
sabemos lo que valen los remedios empíricos: benéficos a veces, a larga se
convierten en veneno.
Mediante
un doble timo moral señala y marca su ingreso en la política. Aspira a un
escaño de diputado por California, en 1946. Otro candidato está ya en la
carrera. Jerry Voorhis, cuarenta y cinco años, liberal moderado, anticomunista
notorio. Antas que enfrentarse a él lealmente, Nixon desea prefiere
abatirle, tumbarle, ¿Y qué arma elegir, sino la calumnia, que es la más eficaz
manejada hábilmente? Víctima de su rabia furiosa, por entonces todavía
aterciopelado, el desgraciado Voorhis es acusado de filo comunista. Niega, se
debate. Cuanto más protesta, tanto más se hunde. ¿No es lo propio de los
es esconder su adhesión al partido? Voorhis ya no podrá
rehacerse. Ha sido aplastado. Y ya está elegido Nixon.
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